El zoológico de Dios , Pablo URBANYI 
Editorial Catálogos, Buenos Aires, 2006, 174 páginas

Reseñado por: Alejandra Portela
Universidad Nacional de Córdoba

“Y el silencio no tiene memoria si no se lo puebla con sonidos”, expresa el narrador al intentar describir la marcha de personas que avanzan hacia los campos de concentración o hacia la muerte.

Para aquellos lectores que disfruten del lirismo en la ficción, que sean capaces de gozar con la narración de hechos dolorosos pero delicadamente expresados, que puedan enfrentarse con un mundo donde la vida y la muerte habitan en la palabra poética, para ellos es este libro. El escritor Pablo Urbanyi condensa en su trayectoria de vida experiencias que recorren un largo camino desde Hungría, pasando por Argentina, para luego emigrar a Canadá, donde reside actualmente. Este recorrido pareciera haber dejado huellas marcadamente expresivas en su última novela, El zoológico de Dios.

El narrador explora las causas por las que una familia decide emigrar e indaga sobre los motivos que hacen que los individuos sean arrancados de su tierra. Una multiplicidad de elementos contribuyen a que el lector, mientras saborea el lirismo de las imágenes que se suceden en el texto, también se sumerja en las profundidades de la naturaleza humana y sus contradicciones. Entre estos elementos, el título, los epígrafes, la voz narradora, los recursos retóricos y una variedad de alusiones se entretejen para crear ese complejo efecto de goce/dolor estético y vital.

Estructurada en veintisiete capítulos, la novela narra las experiencias de la infancia de Fénix, un niño que crece en la ciudad húngara de Ipolyság, en el contexto de la invasión alemana y el consecuente avance y dominación rusa en Hungría.

El título, El zoológico de Dios, proviene según el mismo autor de un dicho húngaro “Es grande en el zoológico de Dios” con el cual se sintetizan las experiencias de vida que se presentan en el texto: todas las variaciones posibles de lo instintivo y lo divino el sexo, el amor, la crueldad, la compasión, el egoísmo, la solidaridad, la soledad y la comunicación. Sin embargo, un lector atento y curioso puede descubrir relaciones menos explícitas que se establecen entre el título y el primer epígrafe, quizás impensadas por el autor, pero igualmente enriquecedoras: “La memoria hace emerger no la realidad misma, que pasó definitivamente, sino las palabras suscitadas por la representación de la realidad” (San Agustín).

Además de la referencia directa a la temática principal de la novela, la memoria como construcción discursiva del pasado (concepto sorprendentemente actual para un pensador de la Edad Media), la cita nos remite también a una de las obras de San Agustín, La ciudad de Dios, en la que se establece la distinción entre la ciudad divina y la ciudad humana. En el texto de Urbanyi, la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres se fusionan en El zoológico de Dios, confirmando así que la vida entrelaza lo celestial y lo instintivo, y que ambos aspectos son partes fundamentales e inevitables de la experiencia humana.

La decadencia moral que se arraiga en tiempos de guerra y la búsqueda de amor y ternura propios de esta misma situación quedan presentes en la mente del lector a través de imágenes que el autor brinda. “Aquel que rememora la historia, no recuerda silencios más siniestros que los de la guerra . . .”, nos dice el narrador, pero también recuerda silencios durante los cuales el alma y el cuerpo se estremecen como cuando Fénix descubre la belleza del amor: “Levantó la vista y vio el cuadro más hermoso de su vida . . . Era Judit, recostada frente al fuego, el codo en el piso, la mejilla en la palma que lo vigilaba con sus ojos color dorados que resaltaban bajo sus pestañas oscuras . . .” (48). De este modo, las raíces de la vida y de la muerte se enredan con las raíces de la palabra y generan una multiplicidad de imágenes igualmente dolorosas y de una atracción fascinante.

La iniciación en la vida sexual y su trascendencia asoman en el texto desde el segundo epígrafe elegido por el autor: “ . . .y aquello sucedía con la deslumbrante ternura que sólo es propia de las primeras experiencias del sexo”, extraído de la saga El hombre sin atributos, del escritor austriaco Robert Musil. Estas experiencias, vividas por Fénix y Judit, un niño y una adolescente, y narradas en detalles sensibles y sutiles, resaltan la significación, inocencia, la dulzura y el goce de las primeras relaciones amorosas: “Había visto el túnel ideal que conducía al bosque más hermoso del mundo y donde más le gustaba jugar, y para llegar allí necesitaba la locomotora: La desenganchó, la sacó de las vías para buscar otras que lo llevaran al destino vislumbrado y anhelado ... Sin necesidad de que se le dijera nada, en su cara una boca, en su boca una lengua y en todo su cuerpo, el instinto ancestral, supo qué hacer... por primera vez supo sin saberlo, acunado por los suaves movimientos de Judit y su apretón final, lo que es unirse al universo” (49,50, 69).

Al recorrer las páginas de la novela, nos sorprendemos con las descripciones de las experiencias sexuales entre estos dos personajes, todas impregnadas de ternura: el sexo y el afecto se fusionan como juegos de niños, como epifanía, como hechos habituales y naturales, como hechos excepcionales, como un milagro, como protección contra las tormentas de invierno, como consuelo en un mundo nevado y en guerra. Con movimiento pendular, el narrador nos traslada desde escenas colmadas de vida a escenas saturadas de muerte.

Resulta imposible explorar una novela tan rica en estas pocas páginas, pero es importante señalar que, además de deleite estético, las palabras del autor causan satisfacción intelectual: las referencias implícitas y explícitas a otras obras nos impulsan a intentar desentrañar una red de relaciones entre textos que hacen estallar la linealidad de la narración y contribuyen a multiplicar las posibles lecturas de la misma.

Las implicancias ya mencionadas del título y los epígrafes, el simbolismo de nombres como Fénix y Judit, las alusiones a las Meditaciones de Marco Antonio, al Paraíso Perdido de Milton, o a Las mil y una noches, entre muchas otras, consolidan, entrelazan y expanden las temáticas principales de la novela: la memoria y el olvido, el silencio, la brutalidad y las contradicciones de la guerra, el amor y el sexo como refugios del alma solitaria.

Urbanyi logra ahondar en el tema de la memoria y la nostalgia del exilio con una mirada sensible y penetrante en los aspectos más primitivos y más sublimes del ser humano. En este recorrido de vuelta a Hungría, a Ipolyság, Urbanyi desentierra las raíces del exilio y las modela nuevamente para el lector con la materia de la palabra poética, delicada y desoladora, en una narración que desde el inicio conjuga lo terrenal y lo sagrado, la vida y la muerte, es decir El zoológico de Dios.

De la revista Ahora Educación