Yo primero me interesé en la población indígena de los andes del Perú después de leer sobre ellos en National Geographic en los años 60, pero aún no había viajado a Perú, lo que ocurrió recién en el año 2001.

Lo que me atrajo de los indígenas en el Perú fue la admiración por su habilidad de mantener su lenguaje, cultura y continuar vistiendo sus coloridos trajes tradicionales a pesar de vivir en un clima tan adverso de los Andes.

Un campesino del Valle Sagrado, cerca a Cusco, me describió cómo ellos se levantaban cada mañana a las 4 de la madrugada y subían, durante 4 horas, hacia sus jardines de terrazas entre las nubes y tenían que hacer su jornada de regreso en la tarde. Cuando yo pregunté por qué escogieron un trabajo tan duro, ellos me explicaron que no era un “trabajo“ sino una manera de vida, ellos no “trabajan“ la tierra, ellos son parte de la Madre Tierra.

Yo quería pintar la vida cotidiana de los indígenas, como una manera de honrarlos y recordar su manera de vida, en un caso que esta se pierda en el futuro.

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